viernes, 17 de julio de 2015

Mi cuento: Bulling

Nombre: Cosme
Seudónimo: Pollo please
1: Bullying.
-Cuidado, idiota – dijo Antonio burlón mientras observaba como caía al suelo poco a poco…
-¡¡Ah!! , ¡Déjame en paz! – dijo Miguel mientras se levantaba.
-Ja, ja, ja, ja, ¿Habéis visto que patético es? –replicó Antonio a sus compañeros de 3ºE.S.O.
            Acababa de ponerle la zancadilla delante de muchos de los alumnos del instituto, algunos se reían con ellos, otros miraban a Miguel amablemente, otros estaban inexpresivos, otros intentaban parecer amables pero de repente explotaban riéndose. La llegada de la profesora Paola fue lo que deshizo tal alboroto. Los alumnos del instituto podían no estar de acuerdo en muchas cosas pero en lo que TODOS(A excepción de su hija que afirmaba que era la mejor) estaban de acuerdo es que era la profesora más dura e inflexible que posiblemente podría haber en toda la región. Nada más verla todos la miraron y trataron de no seguirle la mirada.
            -¿Qué hacéis aquí? No sabéis que a las ocho en punto tenéis que estar en clase, ¡Id ya! – de repente mientras la multitud se iba esparciendo y metiendo en sus respectivas clases (Antonio y sus compañeros de 3º se habían mezclado con la multitud) reparó en Miguel que iba el último y cojeando, le salían unas gotas de sangre de la  herida de la rodilla, así que la profesora lo agarró sin cuidado con sus largas y finas uñas del brazo y lo atrajo hacia si, le dio media vuelta a Miguel y le miró a los ojos; él intentaba por todos los medios no mirarla. Hubo varios instantes de tenso silencio. Algunos alumnos se habían parado y contemplaban la escena. Al final tuvo que limpiar el colegio de arriba abajo por haber manchado el pasillo de sangre que lleva a las diferentes aulas. El colegio era grande para los doscientos y pico alumnos que había. Tenía una barbaridad desmesurada de aulas ya que la mitad de ellas no se utilizaban.
            El instituto estaba lleno de taquillas y las paredes estaban pintadas de muchos colores muy vivos, comparado con otros institutos que había visto hasta entonces. Estaban todas las habitaciones muy sucias de polvo y algún graciosillo (ejemp,ejemp,…Antonio) se había encargado de llenar todo el baño de papel higiénico. El instituto no estaba para regalar dinero por lo que se había enfadó mucho el secretario, que es el que llevaba las cuentas.
            Cansado de tanto limpiar se dispuso a irse a su casa. Por el camino al doblar la esquina aparecieron Antonio y los sus compañeros de clase; siempre le acompañaban 3 o 4 y una vez fue con 5. Siempre él era el cabeza del grupo, hablaba por todos aunque, su opinión, solo la suya valía más que la del resto de sus compañeros. También eran mu creídos y cobardes, ya que sólo atacaban a los indefensos o más flojos que ellos, y cada vez que se cargaban el limpiaparabrisas o el retrovisores de los coches salían pitando. Antonio esta vez iba acompañado de otros tres. Él no se dio cuenta de la presencia de Miguel, pero uno de sus compañeros sí y se lo dijo. Entonces todos salieron corriendo tras él para pegarle puesto que estaban de mal humor, y cuando están en ese estado le pegan al primer infeliz que les salga por medio, siempre y cuando fuese más débil que ellos. El pobre Miguel hizo una huida desesperada para llegar a su casa, varias veces tuvo que pararse tras una esquina, cuando les hubo perdido de vista.
            Pero cando por fin Miguel vio su casa a 20 metros y tranquilo se acercaba a ella aparecieron Antonio y los suyos, que se lanzaron corriendo a por él. Se debatió entre acercarse corriendo a su casa, aunque ello suponía que cada paso que daba se acercaba más a ellos salir corriendo en dirección contraria y alejarse de su casa. No tuvo medio segundo para pensarlo l echó todo a una carta y se lanzó hacia su casa. Antonio y los suyos, desde el lado opuesto de la casa, se lanzaron a por él, pero por suerte para Miguel llegó antes, entró y cerró la puerta, le puso el pestillo y se cercioró de que estaba bien cerrada.
            Su casa era pequeña, una sala principal y dos habitaciones con un cuarto de baño. Su habitación era poco menos de la mitad de grande que la de sus padres. La suya tenía tres postes: dos de ellos de su equipo favorito de fútbol y el otro de un profesional haciendo piruetas con el patinete. También tenía una cama que no estaba aún hecha, una mesilla y un armario; la mesilla contenía dos o tres peonzas maluchas y medio rotas con las que estuvo jugando un tiempo pero ya se aburrió. El armario se encontraba un poco roto, muy poco y lleno de polvo, ya que aunque su madre se lo había dicho varias veces todavía no la había limpiado. Tenía muchas cosas que no utilizaba por el suelo esparcidas; sin embargo, como os podréis imaginar la de sus padres era todo lo contrario. Tenían dos mesillas, en verdad un poco más pequeñas que la de Miguel pero contenían bastantes cosas y de más valor, solo tenían un armario que ambos compartían pero era mucho más grande que el de él y también más lujoso, en la parte de arriba del armario su padre tenía su caja de herramientas, y la cama de matrimonio tenía dos grandes cojines, era de un color azul oscuro y bastante más suave y acolchada que la de Miguel.
            (Volvamos a nuestra historia) Encendió la televisión. Desde lejos se oían los gritos de Antonio y sus compinches. Al poco rato, hartos de blasfemar y de gritarle a Miguel, se fueron. Miguel subió a su habitación y desde arriba los vio por la ventana, como estaban persiguiendo a otro niño incluso más pequeño aún que Miguel, pero este no tuvo tanta suerte como antes él. Miguel contempló como cogían al niño que les insultaba, ellos se reían de él. Antonio le dijo al niño que se arrodillara, lo tiraron sin ningún tipo de cuidado al suelo y le obligaron a agacharse, este enfadado se agacho y blasfemando por lo bajo intentó levantarse.
            A Miguel no le importó demasiado lo que le estaba pasando a ese niño y lo primero que hizo fue ducharse y cambiarse de ropa ya que su madre no había venido todavía. Seguramente estaría comprando y su padre hasta pasadas un par de horas no volvería de trabajar, así que aprovechó para ducharse, y al terminar hizo los deberes.
            Por  cierto se me ha olvidado presentarle: se llama Miguel Fernández Martínez, tiene 11 años dentro de 3 días cumple los 12, los cumple el 23 de diciembre y lo que más le gusta en este mundo es el patinete; cuando tiene un poco de tiempo libre lo saca.
            Una vez ya presentados prosigamos con la historia. Después cogió el patinete y Salió a la calle, tuvo mucho cuidado por si veía a Antonio y sus compañeros pero al menos le tranquilizaba pensar que en este momento estarían comiendo. Pensando en eso se dio cuenta de toda el hambre que tenía, pero como su madre no llegaría hasta pasadas un par de horas se fue al parque y allí estuvo con el patinete durante un corto tiempo. Después volvió a su casa. Al llegar, su madre ya estaba. Tenía unos 30 o 40 años y su padre poco más.
            Ella se llamaba María Martínez y su padre Lucio Fernández trabajaba en una empresa de cosméticos. Su madre de momento como no tenía trabajo, se encargaba de las labores de la casa, aunque de vez en cuando trabajaba de noche como canguro.
            María llamó a su hijo y se pusieron a comer uno de esos platos que a nadie le gustan por que se le acaban de ocurrir al que cocina. En este caso, la mala idea que se le ocurrió, fue una especie de caldo verde; con un gustillo muy amargo y con trozos de pollo y conejo, lo había llenado de colorante; aunque no había arroz, llevaba unos trozos de zanahoria crudos y otros cocidos. A él no le gusta la zanahoria pero si le das a elegir elegiría la cruda, la cocida es lo que menos le gusta del mundo. Cada día su madre le prepara una cosa y eso no es que le guste demasiado, el no recuerda que se repita más que hace un par de años; pero se lo comió todo por dos motivos: porque tenía un hambre atroz y porque su madre no permite que se deje nada en el plato. Después, Miguel sacó su patinete y se dirigió al parque. De camino tuvo tan mala suerte que Antonio  y los suyos, (Esta vez le acompañaban cuatro), aparecieron a tan solo 2 metros de él. Esta vez no tuvo tanta suerte y le pillaron. Le obligaron, igual que al otro niño a agacharse. Miguel sin oponer resistencia se agachó, (¿Total para qué iba a oponer resistencia, si eran más en número, más fuertes y más rápidos?) lo humillaron de varias maneras y Antonio preguntó:
-¿Qué hacemos con él, le pegamos hasta hartarnos, le decimos que haga todos nuestros deberes…? –
-¿Y si le decimos que nos lleve las mochilas hasta el instituto todos los días? – dijo uno del grupo que si no me equivoco se llama Pedro.
-Bah, eso a lo hacen 5 alumnos más, es innecesario, creo que lo mejor es desahogarnos pegándole – opino uno que se llama Jorge
-¿Y si jugamos al fútbol con él? Pero él es un equipo y nosotros otro – opinó de nuevo Pedro.
            Pareció convencerles la idea, así que se lo llevaron al campo de fútbol, lo último que recordó fue que uno le lanzo el balón diciendo;
-¡Empieza tú! Ja, ja, ja, ja-
Se quedó todo en silencio al recibir el impacto del balón y aunque eran las cuatro o las cinco de la tarde lo percibía todo oscuro  y notó que le dolía muchísimo la cabeza. Tardó cinco minutos en sentirse capaz de levantarse. Tenía a tres metros su patinete que por lo visto estaba partido en dos, Miguel ni siquiera se molestó en recogerlo blasfemando por lo bajo maldijo cien veces a Antonio. Lo que más le dolía no era el daño que le habían hecho, aunque también, si no que se hubiera quedado sin patinete que le regaló su abuelo antes de morir. Por culpa de ellos ya no le quedaba ningún objeto de su abuelo. De mal humor se dirigió a su casa, nada más llegar observó como su padre y madre estaban en la puerta muy preocupados. Se le fue el mal humor al ver que su padre y su madre lo habían estado esperando, y nada más verlo se lanzaron hacia él y le dieron un fuerte abrazo, entraron en casa y casi sin mediar palabra se acostaron. Cuando Miguel se acostó su madre lo besó y lo abrazó y salió de su cuarto. Después entró su padre, y con el paso más o menos lo mismo. Miguel se acostó feliz, por fin era un poco más centro de atención, normalmente sus padres no le hacían tanto caso. Y durmió tranquilo.
*      *     *     *     *     *     *     *     *     *     *      *     *     *      *      *     *
A la mañana siguiente se preparó la mochila y se fue al instituto. Dentro de la escuela Miguel intentó mantener localizado a Antonio y en cuanto lo vio este le dijo:
-Ja, ja, ja, ja, no sabía que eras tan malo jugando al fútbol-
-Ja, ja, ja, ja, - se reían  como loros todos los de su grupo.
            Miguel maldiciendo por lo bajo calló y cogió su agenda para ver qué le tocaba…
            Al terminar la clase fue el primero en marcharse a su casa ver si conseguía que no le pillaran aunque fue en vano. El primero en el que se fijaron al salir fue en él, y le cortaron el paso.
-Tú niño a partir de ahora te vas a llamar niña ¿vale? – dijo Antonio.
-Déjame en paz – murmuro por lo bajo Miguel.
-¿Qué has dicho? Repite que no te he oído–dijo con una falsa voz de amistad, medio burlona Antonio.
-¡He dicho que me dejéis en paz! – les gritó.
-Ja, ja, ja, ja, ¿lo habéis oído? Se cree que le vamos a dejar, venga esta vez sí le vamos a pegar, estoy cansado de las clases –dijo con una voz fría Antonio.
-¡Dejadme! – gritó a lágrima viva Miguel.
            Le tiraron al suelo y el resto ya os lo imagináis vosotros ¿no?, Cuando terminaron de pegarle tenían los puños rojos de tantos golpes, Antonio dándole una fuerte patada le dijo:          -Ah, y a partir de ahora nos vas a llevar las mochilas al instituto. Bueno, vámonos – les dijo. Dos de ellos pasaron por encima de Miguel cortándole la respiración.
            Miguel se quedó tendido en el suelo durante mucho rato. Por suerte uno de los de su clase lo vio y con mucha pena lo ayudó a levantarse. Le dolía mucho todo el cuerpo, por donde más le dolía era por la parte derecha de la barriga. Se subió la camisa y vio que lo tenía muy morado y por varios sitios le brotaba sangre. Su compañero sintió mucha lastima y lo acompañó a su casa cogiéndolo del hombro. Miguel se sentía muy mareado, con hambre y cansado, aparte de dolerle todo el cuerpo.
            En cuanto llegó a su casa se desplomó en el suelo y se quedó allí en medio de la sala de estar mucho pero que mucho rato. Hasta que oyó el coche de su madre que venía de comprar. Se asomó a la ventana para cerciorarse de si era ella, y sí, lo era, así que rápidamente se levantó, se metió en la ducha silenciosamente y tratando de no hacer ruido para que su madre no creyera que había llegado ya. Se duchó con agua fría porque para que no le viera su madre no salió a encender el calentador, se aguantó durante la ducha los gritos, se cambió de ropa(Si os preguntáis porqué él no les dice a sus padres que lo maltratan os diré la repuesta: ha llegado el momento en el que ha dejado de ver a sus padres como ídolos y se ha dado cuenta de que son personas como él, por lo que cada vez les pide menos consejo. Otro motivo también es que considera son solo y únicamente sus problemas, o quizás es que le da miedo que si sus padres se quejan a los padres de Antonio y los compañeros al final empeoren las cosas y le peguen más), comió otra de las comidas que preparaba su madre de esas que tanto le gustan (Sarcasmo). Por la tarde se dispuso a salir con el patinete, pero se acordó que se lo habían roto y ya no tenía patinete, así que lo único que pudo hacer por la tarde fue hacer los deberes y suplicarles a sus padres, en vano, que le compraran un patinete que se le había roto el que tenía, pero ellos dijeron rotundamente que no.
            El día siguiente fue más o menos como el anterior, solo que esta vez tuvo la suerte de que se estaban metiendo con otro niño de 1º. Era de su clase, pero al menos se contentó con que le hubieran dejado en paz ese día. Se fue a su casa despacio y con tranquilidad, hubo un par de días así y le olvidaron durante poco tiempo porque había otro niño que se las estaba llevando todas. Una suerte para él pero no tuvo tanta suerte ese niño. Para Miguel, realmente el sufrimiento de los demás no le importaba, mientras él no sufriera, excepto si se trata de alguien muy amigo o familiar. Como hermanos no tenía en este caso se podría tratar de sus padres, aunque a veces pueda parecer que no les quiere mucho.
            Todos los días fueron a partir de ese momento más o menos así, solo que con la diferencia de que ahora llevaba 6 mochilas, la suya, más la de Antonio, más la de 4 más de 3º, más de   la mitad de los ejercicios no sabía cómo hacerlos y la otra mitad le costaba mucho por lo que eso llevo graves represalias por parte del grupo, más de una vez su madre casi lo pilla. Otro día andaba por la calle y hasta dejaron de pegarle los matones, solo le pegaban cuando los profesores les renegaban por haber hecho mal los deberes o cuando estaban de muy malos humos. Pero en ese preciso instante hasta les saludaron con un poco menos de desprecio que de costumbre. Miguel estaba cansadísimo de estar siempre haciendo los deberes de ellos y había otros grupos de matones que también le estaban constantemente pegando ; aunque quizás todos no, pero el curso 3º de ese instituto estaba lleno de gamberros.
            Un día harto de que le obligaran hacer sus deberes, llevarles las mochilas y encima terminar siempre muy dañado decidió cortar con la situación…
            Haciendo, seguramente, lo peor que podría hacer, se fue a clase sin las mochilas y sin los deberes ajenos y les dijo a los profesores lo que había pasado. Los profesores trajeron a los que él había nombrado, entre ellos Antonio, Pedro…
            Les mandaron que explicaran qué había ocurrido y ellos lo negaron todo. Los profesores no les creyeron y los echaron del aula, ya que ¿Cómo iban a ir un montón de alumnos que eran casi siempre los responsables de cualquier pelea, sin las mochilas y los deberes? Así que hicieron una reunión y estuvieron todos los alumnos en el recreo sin clases. Miguel por miedo a los que había denunciado se metió en el cuarto de la limpieza todo el rato, hasta que terminó la escuela. El cuarto era oscuro, frío, lleno de telarañas y hasta vio como una araña se le subía a la mano. Había un par de escobas muy sucias y rotas. Era tan oscuro el cuarto que solamente tenía dos tristes rendijas por las que entraba una chispa de luz. Miguel, prefería eso antes que le estuvieran pegando otra vez Antonio y los suyos por haberles denunciado. Del instituto lo único que lo animaba era el pensamiento de que ese sería el último día que estaría con esos matones. En cuanto sonó la sirena, de un tremendo golpe, abrió la puerta y salió de ese maldito cuarto.
            La sala estaba vacía no había ni profesores ni alumnos, Miguel salió al patio y allí vio que estaba todo el mundo chillando y gritando, menos los profesores que estaban normales. También observó que los 6 que siempre le atormentaban estaban junto a los profesores. Miguel se acercó más para observar qué estaba pasando y desde más cerca escuchó como un profesor dijo:
-¡Callaos!, ¡Callaos! Estamos aquí todos porque hay 6 alumnos que han violado la norma de abusar de los demás. Nos lo ha contado todo Miguel Fernández Martínez,… - Casi todos los alumnos dirigieron la mirada a Miguel – Los alumnos son los siguientes: Mario, Pedro, Jorge, Antonio, Mari, la única chica, y Pablo… - De repente a Miguel le salió una lágrima, casi involuntaria porque aunque habían sido muy malos con él, recordaba algunos momentos en el que hasta le miraron bien, se acordó de que cuando iba a 2º de primaria y ellos iban a 5º, e intentaron animarle cuando se le murió su abuelo, por eso se encontraba ahora desconsolado. La voz del profesor lo sacó de sus pensamientos - …Por acuerdo del reglamento del régimen interior del centro no nos queda otra posibilidad, que la expulsión,( dirigiéndose a los seis) sintiéndolo mucho estáis expulsados. – En ese mismo instante el silencio reinó en el patio, fueron muchos segundos de tenso silencio. Cuando ya llevaban casi un minuto callados, un par de voces empezaron a sonar y luego tres más y poco a poco, se volvió al alboroto anterior. Los seis chicos estaban que no se lo creían. Mari se puso a hablar muy enfadada con el profesor, pero este serio no le hizo caso.
            Poco después, los seis alumnos se fueron del instituto. Y con una mezcla de felicidad y un poco de tristeza, Miguel cogió su mochila que se le había olvidado dentro del cuarto de la limpieza en el segundo piso y tuvo que subir las escaleras. Cogió la mochila y bajó y salió al patio que estaba desierto. La gente había aprovechado para irse en el momento en el que él volvía a coger su mochila. Los únicos que quedaban eran algunos profesores dentro del centro y los hijos de esos profesores que los esperaban para irse. Sonriente salió del instituto, dio varias rápidas zancadas para pasar la carretera cuanto antes, porque estaban viniendo muchos coches y una voz fue lo que le detuvo. Una voz que le sonaba de algo, una voz malvada, fría y melancólica…
-¡Tu niña! ¿Por qué te has chivado? – rápidamente Miguel se dió la vuelta y vió a Antonio, Pedro, Mari…
-Porque es la verdad – dijo Miguel
- Ya, pero, ¿Por qué te chivas?, arrodíllate o prepárate par… - empezó Pablo.
-No- repuso Miguel.
-¡Repítelo si te atreves! – le dijo Jorge acercándose un paso.
-¡¡Que no me da la gana de seguir haciendo lo que queréis!!- exclamo Miguel poniendo gran énfasis a la palabra “no”.
-¡Te vas a enterar! – Exclamo Jorge, se le acercó y le empujó hacia la carretera. Un coche con mucha velocidad atropelló a Miguel. Rápidamente Antonio y los demás se fueron corriendo. Miguel no salió de ésta.


FIN

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